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2009/02/26

Cecelia

You make it easy
It's easy as 1, 2... 1, 2, 3, 4
- Tom Higgenson


A las 16:00 de una tarde de carnaval gris como casi todas, el Caminante llega a la calle central de Autune, inusualmente llena de gente que sale a comprar cenas instantáneas con sus niños corriendo enfundados en chamarras. Busca el edificio donde vive Celeste, y al encontrarlo, con vendedores de café caliente y periódicos de guerras terribles, pone su estuche en el suelo y la guitarra que le robó (en sentido figurado) a su hermano. Y empieza a tocar una de Dylan mientras mira al tercer piso donde vive esta chica de ojos grises como la mañana.

La gente pasa y se detiene a escucharlo. Muchos no conocen la canción, pero les gusta. Se detiene un hombre que salió temprano del trabajo: hoy lo despidieron. Terribles consecuencias del fantasma de la crisis, en su empresa decidieron que ahora era un número rojo en planillas; sonríe algo más feliz, y piensa que al menos queda el trabajo de su esposa en la tienda y que sus hijos seguramente lo esperan para contarle sobre un pez que en realidad es mamífero. Una pareja de adolescentes se detiene a mirar un rato. Mientras ella come el helado que él compró, él se arma de coraje para tomarla de la mano; no lo hace, pero al menos le pasa el brazo por encima del hombro y sonríe, ella se conforma con eso y luego de besarle la mejilla astillada le devuelve la sonrisa. Una madre soltera corre con los niños: quiere llegar a casa antes de que llueva, pero la canción de este muchacho de veintialgo le suena a algo... era la canción que cantaba su abuelo cuando lo llevaron al asilo, hace ya muchos años; talves lo visite esta mañana con los chicos, justamente ayer su hijita dijo que extrañaba a su "papo". Un perro se detiene, pero es para mirar el helado y la galleta que está comiendo la otra chica.

El Caminante no lo esperaba así, pero algunas personas tiran monedas al estuche de la guitarra. Cuando termina la canción, las personas (unas cuantas) le aplauden. Tampoco era lo que esperaba, pero ahora no puede detenerse, y empieza a cantar esa canción de autor que no conoce, pero que le pide a Dios que la guerra no le sea indiferente. Ahora los viejitos se detienen. Algunos, reconfortados por verse en ese muchacho de abrigo negro gastado y chalina de trapos, cantan a su ritmo. Y el Caminante se siente feliz. Talves si mucha gente se detiene, Celeste abra la ventana y le grite "Otra! otra! otra!".

Ya van a ser las 18:00. El plan fue un fracaso. Celeste no salió. La gente vino, se detuvo, algunos dejaron monedas, los más siguieron su camino. Las farolas se encienden. En un ultimo recurso, el Caminante decide lanzar su "Final nivel 6": Don't let me down de los Beatles. Ahora la gente no se equivoca: conocen esta canción. Se forma un gran grupo a su alrededor, y cantan y aplauden. Dos abuelos no escuchan al Caminante, sino a su hijo, que pese a haber viajado a trabajar al extranjero, ahora está aquí como hace varios años, cuando se encerraba en su cuarto a cantar canciones de melenudos. Tres señoras que van a una reunión de té se quedan y gritan, como cuando tenían dieciseis. Un misterioso melenudo de barba enorme, flaco y agudo como el mismo Lennon, lo observa metódico... y también canta. Ya va a terminar la canción.

El pecho del Caminante es una pelota de lágrimas: Celeste no está, lo más seguro es que salió (con otro) y volverá tarde. Pero la ventana se abre. Esa ratona de ojos grises se asoma por la ventana y lo mira.

El Caminante susurra, de manera inaudible: "Sólo dí talves...". Y Celeste sonríe, con esa sonrisa dulcísima que usa sólo cuando ve ponerse el sol o está por pisar una hoja seca. Para su sorpresa, el Caminante también sonríe.





Ok, sé que soy un ingrato perdido (un mes sin postear nada es cosa seria). Pero tengo una buena excusa! Febrero de carnaval también fue un mes alucinante, pasaron muchas cosas, muchísimas, que me hicieron escribir bastante pero en mi cuaderno negro y blanco. Ya escribiré algunas de esas cosas aquí. Este es el primer cuento corto de la serie que ahora empiezo, y que se llama El Caminante y su Templanza. Esperemos llegar a buen recaudo con este experimento bloggeril. Hasta entonces, un beso enorme a todos.

2009/02/07

Carta de un novio celoso

Siempre he estado vivo, al menos cuando he logrado llegar
Carnaval - Claudio Valenzuela


Celeste:

Me pregunto si leerás mis cartas. Mojadas, arrugadas, con una letra que parece más la prisa del desayuno hacia la oficina, en realidad son la bitácora del que prepara un café para dos viviendo solo, del que cuelga la ropa distraido y se duerme dejando el lado izquierdo vacío.

mientras el bus recorre impasible las aceras, llevando a cientos que como yo están tarde para el trabajo, a un lado del camino están postrados los desempleados. Alguna vez fueron personal de planta en las empresas más grandes del planeta, pero ahora sólo pueden ser números rojos en planilla. Y yo me quejaba de no tener con quien cenar.

En la red leí que mataron a un hombre para quitarle una maleta con dinero (varios cientos de miles de dólares destinados a pagar bellos y sucios sobornos), y que el estruendo del crimen, común y triste como todos los crímenes, motivo una investigación que hizo temblar la estructura política del país, con varios retiros de por medio. Que terrible es matar o morir por dinero. Y que terrible es que los mares políticos se azoten sólo con crímenes atroces, siempre prometiendo mayor integridad y control interno para la posteridad. Ahora, todos sabemos quienes eran corruptos, quienes robaron los recursos estatales y quienes se van a tener que ir, mientras que en la tumba el cadaver de ese hombre sigue caliente, maldito mil veces por presidentes destituidos y transnacionales.

También me enteré que una gran epidemia está quemando el Oriente del país. No necesito estar ahí para saber quienes son los que están llenando y abarrotando los hospitales, hasta el punto de que ya no se puede atender a nadie: es la gente del Plan 3000, los niños huérfanos y sin ropa de los últimos anillos, los guaraníes que dejan la selva poniendo su esperanza en los hospitales de la ciudad, todos los mladitos que no se enteraron que había que ser un poco más aseado para evitar contagiarse, cosa dificil cuando no sabes qué vas a dar de comer a tus hijos. En fin, no puedo evitar sentirme mal por todos los enfermos de Santa Cruz, la misma Santa Cruz que en un par de semanas más saldrá de Carnaval, la que todos los sábados llena equipetrol de autos, alcohol y peleas, donde un chico vomita entre las llantas de su auto lo que un obrero gana en un año. Cosa terrible pedir la Autonomía cuando en éstos tiempos dificiles tenemos que estar todos juntos. Y en Occidente los kollas tampoco somos mejores. Leí que en La Paz no estamos quedando sin agua y sin lluvias, víctimas de una sequía inminente. Pero eso tampoco es óbice para que la gente juegue con agua en Carnaval, lanzando globos como piedras y echando baldes llenos a las calles y a las personas.

Carnaval... ¿qué harás este carnaval? ¿Te quedarás en La Paz? ¿Irás a Oruro? ¿Bailarás en una fraternidad? Espero que me cuentes todo, bueno o malo, y que tambien pases días increibles. Por mi parte, lo más probable es que me quede en una biblioteca leyendo (son increíbles) y salga un rato a ver el desfile. Por un momento, todos usaremos máscaras y bailaremos toda la noche. Y ya no habrán fascistas, ni reyes, ni indocumentados: todos seremos iguales en el carnaval. Prometo guardar la primera rosa de la mañana para vos.

Me despido con la certeza de que me lees, con ese sabor a ventana que tienen las nostalgias, y sonriendo de tristeza cuando te enteres de que mandar esta carta por correo me costará un almuerzo.

Un beso fuerte

Carlao
(Alto Garona, Toulouse, 2009)

2009/02/04

Ya nada es lo que era

Agárrate de mi mano, que tengo miedo del futuro
Recuerdo - Ismael Serrano




Lo semáforos se tensan porque nadie los respeta. A la hora de las salidas, aún con sol, los oficinistas y los huelguistas se levantan de sus asientos y salen a tapar las calles. Unos quieren volver a casa, los otros saben que, pese a que su casa está lejos, es aquí donde deben estar. Y en una esquina sucia y llena de polvo como cualquier otra, se encontraron estos dos. El que fuera un dulce calavera, ahora agotado, y la chica mas feliz de la ciudad, ahora ya con ojos de marea.

- ¡Cómo estás! Cuanto tiempo, ¿te acuerdas de mi?

- ¡Si! ¿Y vos? En verdad fue bastante tiempo. Y no pude verte cuando volví de mi viaje.

- Bueno, pues te ves muy bien. No tan bronceada la verdad

- Es que el sol no quema tanto cuando quieres volver. ¡Pero vos también te ves bien! hasta parece haz ganado algo de peso

- Y... la vida no me trata tan mal. Trabajo más que antes, pero también como mejor. Ya sabes, con mil cosas en la cabeza. Pero seguramente no tantas como vos.

- Jajaja, si, es verdad. Ahora ando con dos trabajos, ¡y acabo de conseguir uno más!

- Con razón te veo mas cansada, más triste.

- Si... y es que no sé qué me pasa. Hago las cosas que quiero, pero ya nada es como antes. O talves sería mejor decir que ya nada es lo que era.

- Anda... tranquila, vamos a caminar, que toda la vida es ahora.


Es un Enero raro, seco. En las estatuas calladas, las palomas se mueren de sed. Los niños de la plaza se quedan viendo a una estatua humana, blanca de tiza y con libros europeos que se mueve por monedas y aplausos. A la puerta del juzgado espera un nuevo soltero, con ojos tristísimos de abandono, esperando a la que hasta hace unas semanas durmiera con él, guardándole sus secretos y sus miedos. Filas enormes para coger el bus evitan la entrada a un restaurante de pollos, y en un charco sobre la calle Comercio se despinta un volante con princesas desnudas invitando al carnaval inevitable. Temblando bajo una lluvia aparecida, uno de los dos quisiera sacar las ideas. Bueno, en realidad a estas alturas, son los dos los que quieren sacar las ideas.

- Ya no sé nada de los chicos. Hace mucho que no llamo a nadie. Parecieran años desde que salí de juerga.

- Ajá. Yo tampoco salgo desde hace mucho. Ahora prefiero descansar en casa.

- ¡Pues mira como hemos cambiado!. Antes salíamos todos los fines de semana.

- Es que el tiempo pasa...

- Si, pero no tanto.

- Ojalá fuera así. Ya no me motiva nada. No sé que me pasa. No puedo enfocarme en lo que hago, es como si se cerraran las puertas.

- Me duele verte así. Y también me alegra. Verte en cualquier estado, saber de ti, todo eso me alegra. Sabes que si necesitas una mano o algo, sólo tienes que llamarme.

- Gracias. Ayer justamente me vino mucha nostalgia por vos.

- Saudade. Me tiembla en la boca su temblor delicado. Pero ya sabes, ningún encuentro es casual. Yo también te extrañé mucho.

- ... quisiera que las cosas fueran como antes. ¿Te acuerdas? ¿Cuando salíamos a caminar y a pasear por mil plazas y calles? Ahora sólo las farolas se acuerdan de nosotros.

- Jajaja, me bastaría con que los dos nos acordáramos de nosotros.

Llega la hora de la despedida. Entonces, miles de litros de azfalto petrificado se transforman en una pista de aterrizaje. Los semáforos, ya resignados a ser ignorados, son luces de torre de control que no se pierden en la niebla. Sucede, que nuestras ya conocidas y transitadas avenidas ahora son otro aeropuerto igual que cualquiera de los miles donde ahora también hay miles de despedidas. Pero este en particular, tiene un inconfundible aire a Casablanca: hay que elgir entre el amor y la virtud.

- Y aquí es donde me quedo.

- Ya es hora de que yo también me vaya. Que lindo fue encontrarte en mi camino. No nos perdamos tanto.

- ...

- Anda... ya vamos despidiéndonos tres veces. Una sola ya es suficientemente dolorosa. (besos en la frente)

- Si. Adios. Que te vaya bien.

- A vos también.

Aún no es de noche. Hay señoras vendiendo empanadas en las calles y niños con latas jugando a la guerrilla mientras levantan el puño izquierdo en alto. No siempre se hace de noche muy pronto. Y a veces no es necesario decir lo siento. A veces son mentiras que sólo alguien sabe descubrir, canciones por teléfono, muñecas de tela, canciones mal tocadas en la guitarra. Son muchas cosas.