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2009/08/28

A lo largo de la carretera (road tale)



Oh, where have you been, my blue-eyed son?
Oh, where have you been, my darling young one?
Bob Dylan - A Hard Rain's A-Gonna Fall




Era la hora de la arena en la estación de buses. Mientras el viento golpeaba arrítmicamente las paredes de calamina de la estación, el viejo vendedor de boletos se abanicaba el cigarro con el sombrero mientras, a la sombra de un letrero de sopas, pensaba en cómo se hace para que las fotos negativas salgan luego de todos los colores que uno quiera. La carretera estaba gastada, y pese al sol abrazante, los pájaros aterrizaban en la acera y andaban a saltitos buscando migajas entre la basura de desierto, vigilados desde lo alto por dos buitres. ¿Agua? Si se ha visto no me acuerdo. Lo único era el sempiterno botellón de la estación, que nunca se usaba porque al viejo vendedor de boletos no le gusta gastar para reponerla... hasta que está tan verde que se crían pequeños pantanos en la superficie del botellón. La eterna imagen de la Virgen de los Dolores, gastada y amarillenta, temblaba mecida por el viento, tratando de liberarse del clavo que la crucificaba a esta estación olvidada de la mano de nadie. Los buses tardan en llegar. El viento trae noticias de los lugares donde no van los pájaros y la basura fertil de la ciudad se mezcla con la arena, de vez en cuando un cactus desaparece y en su lugar se erige una cruz. "Deben ser los traficantes de la frontera" dice, a nadie en particular, el viejo vendedor de boletos. Al borde de la plataforma, con los pies tamabaleando, un niño de ocho años esperaba el bus que lo lleve a la estación de Francia, o donde sea, mientras un perrito de siete meses (humanos)le muerde la mochila. La arena se acomoda en la ropa de uno y en el pelaje del otro como nieve de navidad. La piel anaranjada parece mimetizar al niño bajo el sol, y el pelo lacio y café del perrito lo vuelve un blanco facil para los buitres. Ambos esperan, aunque no muy seguros qué, algo que los arranque de esta postal de desastre que es el desierto.

La mañana en el colegio fue horrible, pues aparte de odiarla como cualquier niño sano, nuestro pequeño amigo fue expulsado bajo la unica causal de haber llevado a su perro en la mochila dejando todos los útiles en casa. "¡Pascual!" gritó el pequeño cuando la profesora arrancó al perrito de la mochila oculta bajo el pupitre. "¡Te jodiste Rodríguez!" gritó la profesora cuando el pequeño le pisó el tacón rojo para que suelte a Pascual. El Director fue taxativo: Rodríguez y su perro debían quedarse fuera del colegio hasta que terminen las clases, los dos sentados viendo la única calle del pueblo donde no hay almas ni apaches que alegen el día. "Al oeste hay apaches" pensó el Rodríguez mientras miraba un letrero donde una caricatura vende frijoles. Bueno, el caso es que estando afuera del colegio, con Pascual asustado e inquieto, el Rodríguez pensó que no podía hacer nada mejor que tratar de volver a su casa en el pueblo vecino, a cosa de ocho kilómetros de carretera asfálticamente árida y desértica. Entonces, el Rodríguez y Pascual se pararon en el kilómetro 0, uno levantó la mano haciendo dedo y el otro levantó la oreja haciendo oído, hasta que una camioneta se paró y los llevó de vuelta a casa. Cuando el Director taxativo y la profesora de tacones rojos abrieron la puerta encontraron dos manchas sin arena en los asientos de fuera del colegio y ningún alumno con perrito, y sin ponerse de acuerdo, ambos dijeron esa exclamación escatológica que nunca fue mejor usada en esta clase de situaciones: mierda, mierda, mierda!

Cuando se viaja en carretera por el desierto, uno aprende a diferenciar las cosas para encontrar el camino de regreso. Pero el calor, la monotonía y el hambre acaban por aniquilar las pocas ganas de seguir avanzando. La ventana se vuelve una jaula de cristal para los ojos de cualquier persona cuerda, y el recuerdo de lo que era la lluvia es el mejor consuelo en esta crisis de humanidad. "En Francia llueve mucho Pascual, lo ví en la tele" dice el Rodríguez al perrito que duerme a su lado en la camioneta. El conductor no les habla, no les preguntó nada, y sólo se limitó a decirles que vayan a su lado en la cabina porque la carga de atrás era muy importante. Sin embargo, se detuvieron en la estación de buses y el conductor les dijo que acá los deja porque ahora va a viajar fuera de la carretera, y diciendo eso se subió al auto y dobló para perderse en el desierto infinito e invertebrado, más allá de donde los buitres van a morirse y donde los cactus desaparecen para ser reemplazados por cruces. El Rodríguez no tenía plata para el boleto, entonces decidió esperar a que llegue el bus en el que su madre volvería a casa para que, cuando ella lo viera, pudiera subirse con Pascual y volver a casa tranquilos y lejos del colegio, a ese mundo donde mamá cocinaría algo picante con gelatina de postre.

La madre de el Rodríguez no era muy querida en el pueblo. Luego de un escándalo con su esposo, ella quedó bajo la figura de la loca de la casa 21-B. El hombre en cuestión dejó el pueblo, el país y a su familia, vaciando su ira con dos tajos en la cara de su ahora ex esposa que le cruzaba de la frente al mentón y que ayudaron a confirmar su fama de bruja de cuento. Ni el Rodríguez ni su madre tenían amigos en el pueblo, y el Pascual tenía una merecida fama de cagapuertas. La dueña de la tienda los atendía como si estuvieran apestados con dengue, y los pocos policías que circulaban voletaban el cuello para observarlos hasta que se fueran, como si de un momento a otro esta mujer siempre despeinada y enojada o su hijo fueran a sacar una escopeta para matar a la gente. Aún no sé si de verdad lo harían en caso de tener la escopeta, pero creo que lo más acertado es adelantar que no. La madre por que no le importa un carajo la gente del pueblo, y el hijo porque no alberga esa clase de sentimientos en el corazón de mimbre. Y Pascual los sigue a todos lados, moviendo su cola peluda y con la lengua afuera como todo buen perro del desierto. La mamá de el Rodríguez era una mujer bien fregada: tosca con su hijo, ruda al hablar, con un carácter fuerte al que no le ayuda para nada las dos cicatrices de su cara. La relación con su hijo es mas bien distante, cada uno hace lo que tiene que hacer en la casa, si hay malas noticias la madre las grita en voz alta a cuatro paredes, si hay noticias buenas el Rodríguez las dice en voz baja mientras su madre lava los platos. El día de la madre pasa como pasa el calendario, el cumpleaños de cualquiera de ellos se celebra en el fondo inconmovible del refrigerador arruinado, los problemas de dinero se sirven fríos en la mesa y los problemas en el colegio se castigan con reglazos en la mano. Mal que mal, el Rodríguez quiere a su mamá. Mal que mal, la madre del Rodríguez lo quiere cuando no se agovia con la vida. Bien que mal, el Pascual los quiere a ambos.

Las horas pasan, el sol se mueve, el viejo vendedor de boletos se rasca el brazo sudoroso y dos moscas se levantan de su sombrero. La imagen de el Rodríguez y su perro sentados al borde de la plataforma empieza a molestarlo. "Enano de mierda" piensa mientras cambia de posición en la silla, atormentado por un dolor de cabeza provocado por la edad. El Rodríguez se empieza a asustar. La noticia de que lo expulsaron no va a gustar en casa, ¿pero qué más hacer cuando te echan del colegio? No se imagina como es cuando se echa de menos a alguien, pero seguro no va a ser como esto. Esto se siente como un puñetazo en el estomago por parte tu mejor amigo. Pero el mejor amigo del Rodríguez está viendo el horizonte con las orejas levantadas, así que al menos puñetazos no hubieron. Pero el Pascual se para de repente y levanta las orejitas. El Rodríguez lo mira, y desviando un poco la mirada se ve el bus que viene lento y levantando polvo. Se asusta. Primero porque talves su mamá no esté ahí, no sabe qué hora es y el sol no sabe de relojes a los ocho años. Segundo porque si su mamá está ahí, lo más seguro es que lo reviente por no estar en el colegio. Sea como sea, el Rodríguez solo piensa en volver a casa, a su cama con colcha deshilachada, a su plato de comida recalentada, a sus periódicos con historietas releídas mil veces, a un plato de agua para Pascual. Pero el dios de los niños es inclemente, los obliga a madurar a palos: el bus se detiene, se bajan cuatro hombre barbones y sucios, una señora con paraguas y cara de despistada, y cerrando la comitiva está la madre de el Rodríguez, despeinada y furibunda. Mira a su hijo con su perro y le dice con voz seca "Subí". El niño aterrorizado hace caso, con el perro en brazos y la mochila a media asta. Su madre los sigue por el pasillo, y cuando llegan a un asiento vacío, ella se detien esperando que su hijo se siente primero. Lo hace, y luego ella se sienta a su lado y pasa un brazo por encima de ese chico asustado, mientras que con la otra mano le limpia la arena del cabello, largo y sin cortar, al mismo tiempo que lo acaricia. El Rodríguez abre los ojos por la sorpresa. Trata de recordar cuando fue la última vez que su madre lo abrazó, pero se caga: prefiere no pensar en nada y echarse en su regazo. El Pascual los mira y, como siempre, no se da cuenta de nada.

2009/08/16

Rosa Papillion

Declino estar un mes con agujetas

por dármelas contigo de judoka,

mi sarampión no admite más recetas

que el flan de chocolate de tu boca
Joaquín Sabina - Tu injusticia por mi mano


Una mañana desperté y me di cuenta de que tenía tanta ciudad y tan poco por hacer. En la pared, dibujadas a fuerza de carbón, las figuras de dos dríades bailaban y me hacían recordar momentos mejores de mi vida, cuando yo también era parte de un bosque encantado.
En esas mañanas, la ciudad se sumerge en un agua de lluvia de retrasos al cine que remuerde las entrañas como sólo el estofado de garbanzos de la tía Prudencia sabía hacerlo. Entonces, salir de la casa es analgésico, pero ese día iba a ser diferente: al pasar por la plaza Dalida, vi a la chica mas triste en un abrigo militar que puedan imaginarse arrodillada junto a unas flores raras. Era en extremo menuda y delicada, como si sus dedos no hubieran sido hechos para usar una máquina para escribir, o como si tuviera que usar ese enorme abrigo de verde camuflado para que el aire no la congele o se la lleve. Encantado, decido detenerme discretamente para verla, para tratar de grabar cada momento de su ritual de escarbar en la tierra de flores, apartando cada una como si fuera un talego de huesos frágiles. Con el tiempo, ella decide levantarse y llevarse con ella toda esa aura de tierna labor manual, y empieza a caminar por los senderos de hojas rojas; herido de muerte, decido seguirla ejerciendo mis buenos oficios de stalker discreto. Camino tan enfocado en ella que ni siquiera noto que dejó de llover, que dejé el paraguas tirado a los pies de una estatua protomartir que no representa la revolución de nadie, y que ella se sumerge en las calles de la suburbia autunezca. Podría fingir que no la sigo, empezar a mirar los edificios y las casas aburridas, tratar de desentrañar la oscuridad de ventanas cerradas que velan nuestra marcha o simplemente mirar sobre su hombro cuando se de la vuelta y pregunte "¿Qué carajo?". Antes de que me decida, mi diablo guardián se acuerda de mí y hace que ella deje caer su bolsón, desparramando la calle con papeles, bolígrafos, maquillaje, pastillas varias, flores marchitas, bolsas de plástico, dulces y basura común de bolsillo. Bueno, ya lo dijo Borges: "Todo encuentro casual es una cita"


Quería empezar así, en prosa, para evitarme la típica "perdón por no postear en dos años", etc., entonces se vino eso. Se lee bien, no? jajaja, bueno, entremos en materia. Esto es algo que hay que contar y que vengo queriendo postear desde hace varios meses:

Bastantes posts hacia atrás, les dejé uno llamado "Cuatro canciones con la palabra love", y una de ellas era Lovesick, del buen Dylan. No repetiré lo que ya tengo dicho sobre esta rola, que es del carajo, pero si hay que señalar un par de cosillas más, como que el mismo Dylan dijo que está canción es la continuación de Visions of Johanna (eso dedicado para el buen Kike). Es una caminata por plazas vacías, pateando latas y esperando el tren, viendo a los amantes tras las cortinas hechas con vestidos que ella ya no se pone. Esta canción es muchas cosas a la vez. Muchas bandas versionaron el tema, siendo la tocada de los White Stripes las más alabada, y Victoria's Secret la usó para uno de sus comerciales (en el que sale el propio Dylan), pero hay una versión hecha por el mismo Bob que es bastante interesante jejeje...

Sucede que esta canción tiene una presentación en vivo en los Grammy de 1998 que fue bastante peculiar. Pero vamos por partes: en el stage detrás de Dylan y pandilla, estaba un grupo de artistas, músicos y demás personalidades de la farandula yankee, siendo la idea darle una buena vibra a la presentación. Bob empezó con la canción, con una voz más marchita que de costumbre que le dió otro feeling a la rola. Pero en la parte del solo, que dígase de paso es otra joyita de esta presentación en vivo, una de las personas que estaba atrás de la banda salta al frente del escenario, se quita la polera y muestra un mensaje en su pecho que dice SOY BOMB, empezando lo que podríamos calificar como un baile-ritual-shaman-capoeeiranesco, hasta que lo sacaron un poco a las malas. Debe notarse que la presentación era en vivo: la gente se quería morir, la banda lo tomó con buen humor y a Dylan no se le movió ni un bigote (sirva esto como una buena nota de profesionalismo por parte de Bob). El sujeto en cuestión era Michael Portnoy, multifacético artista norteamericano del que no se sabe aún si esta era otra instalación artística o simples ganas de joder. Lo cierto es que para un posterior DVD de Bob que incluía Lovesick en vivo, editaron toda la parte de Portnoy, llegando a hacer un trabajo tan bueno que si no se conoce la historia de SOY BOMB uno llega a pensar que eso nunca pasó... y cortesía del Youtube, aquí tenemos las versión Soy Bomb de la canción! (la versión editada ya no la suben por mierdas del Copyright):

La versión sin editar:


El comercial de Victoria's Secret!:


Y el cover de los Stripes:


Repercusiones de por medio, la presentación vivirá por siempre en el subconsciente youtubero del mundo. ¿Que si era una mierda de tocada? Ni de lejos (talvez la calidad del video si), porque Dylan le dió una nota distinta a la canción con el solo más rockero de esta presentación y con un aire más rockabilly por parte de la banda. Ahora, sobre si Dylan se emputó con esto o algo... mmm... pues si lo hizo ni se notó, aunque pienso que esa actitud es la clase de cosas que le gustan.