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2009/12/10

Rendición de cuentas del príncipe de los gatos



El príncipe de los gatos está de pie, apoyado contra el refrigerador arruinado. Una niebla de ceniza empapa las ventanas. Las luces de los buses y los puestos ilumina el cuarto más que las velas que ha puesto por todos lados. Sobre la mesa, sobre la tele vieja, sobre los zapatos, en el suelo, en la cama. La mesa tiene esa consistencia salada de las llantas de camión. El príncipe de los gatos no lo piensa, solo mira por la ventana y habla sin hablar: "Hago la lucha". Tiene un tatuaje de corazón en la muñeca, por el área del antebrazo. En realidad, toda su vida ha sentido que su corazón estaba en las manos. Con ellas hace todo: se viste, come, saca el dedo a los minibuses, limpia los platos de los clientes, se rasca la oreja, desviste a su novia, le escribe cartas a su viejo, apaga la tele, y en otros días las usó para matar a un tipo. Matar. La palabra "matar" le sonaba tendenciosa, como una faena larga y de nunca acabar. Luego de comprobar que sus bolsillos estaban vacíos, saca una caja de fósforos de la cocina y se rasca el codo, luego enciende un cigarro más y empieza a dar vueltas por el cuarto. Vacía su cajón con ropa en el único punto del piso que no tiene cera derretida. Todas sus camisas están sudadas o llenas de grasa. El olor a caldo hervido es dolorosamente familiar. "Hago la lucha".

La novia del príncipe de los gatos era la vírgen de la amargura. Una chica linda, muy linda, de buena familia, con una vida personal algo jodida pero con una vida de verdad bastante cómoda. Vive con sus padres en un lindo barrio. Tiene un chofer que la lleva y la recoge de la Universidad. Una vez le contó que el chofer le metió mano cuando la recogió borracha de una fiesta. El chofer pensó que seguía dormida pero no, la virgen de la amargura seguía despierta. Todo el tiempo le contaba que odiaba a sus padres, que odiaba su casa, que odiaba su vida de niña bonita y que quería irse de su casa lo antes posible. El príncipe de los gatos pensaba, y se lo decía cada vez que podía, que era un princesa con ganas de embarrarse el vestido, y solo por pura gana de joder al sastre y al que le compró el vestido al sastre. A veces se sentía como el chofer de la princesa, porque la virgen de la amargura le decía dónde quería ir, y el príncipe de los gatos la llevaba. La cantina mas vieja, el cementerio, los parqueos de camiones y las fiestas de callejón para terminar viendo los trenes del amanecer. Pero a la virgen de la amargura también le gustaba llevar a su novio kitsch a sus fiestas en casa de sus amigas, a las fiestas de su universidad, a grandes y luminosas discotecas o a los almuerzos y las recepciones de gala en salones enormes y palaciegos. Para el príncipe de los gatos, la única diferencia entre los dos mundos era que en el suyo las cosas se hacían de noche, para trabajar al día siguiente, mientras que en el de la virgen se hacían de día, para que todos los vieran.

Cuando se encontraron, la virgen de la amargura estaba hermosa como siempre. Con un cuello de alondra y un cabello de golondrina rubia preciosos. Ella lo llevó del brazo a esta discoteca nueva, donde el fantasma del sabado en la noche es un tipo que se apoya contra la barra y usa lentes de sol esperando que las chicas lo miren. El príncipe de los gatos empezó a reirse de él, y la virgen de la amargura lo golpeó infantilmente en un brazo para que no empiece a molestar a nadie. La verdad es que el príncipe de los gatos no era un mal tipo; no, en realidad sólo le disgustaba la gente que se exponía en un mostrador. Eso era todo. Pero su novia no lo entendía así. "Hago la lucha... hago la lucha". Pero no bien entraron al boliche en cuestión, la virgen de la amargura se fue con sus amigas, se abrazaron, se besaron, a apecharon y empezaron a bailar, dejando al príncipe a un lado. Saca lentamente su caja de cigarros fuma con ganas. Las amigas de la virgen de la amargura lo veían como a un muñeco feo que su amiga se niega a botar. Pero les encanta. Una le ofrece un trago, pero el lo rechaza. Cree que a veces no basta con estar conciente de los errores que uno comete en su vida, pero que es más importante saber qué mierdas hacer cuando el mundo se cae a pedazos en tus manos. Tiene pagarle a la vida más de lo que pida. Ahora tiene el perfume más caro, pero los besos que le da esa chica mala que se muere en sus dedos saben a fracaso. No se vuelve loco, pero sabe que ahora no hay salida: está en el lugar en el que se ponen los toreros. "Hago la lucha".

Empieza a mirar alrededor. La virgen de la amargura sigue bailando con sus amigas, disfrutando como un colibrí los roces, los pisotones, los secos, los puchos, las pilas, el sudor de la gente, el neón de las luces y el dolor de garganta, todo lo que ella ahora llama vida y que antes era la biblia en el cajón de oraciones. Alrededor de ambos, el hippie de salón se peina los ruleros, el chofer de carreras no suelta a su pobre novia de alquiler, la más tímida de las quinceañeras se arrepiente de jugar a ser mayor, y yendo un poco más afuera, alguien muere en su cama, un hombre trabaja doble turno para pagar los cuadernos de sus hijos, una señora llora cuando le roban la cartera, y un policia desea estar en casa. Pero el principe de los gatos no encuentra a nadie. Piensa que ya van a llegar, abriendo de lado a lado las puertas de la fiesta, esas puertas que se abren sólo para el más importante, para el más discreto o para el más tuerto.

Ente toda la música de comer que hay en el boliche, el principe de los gatos reconoce ese sonido de mierda. Las cuentas. Las cuentas de fantasís que se golpean ente sí. Los rayos de la calle, las rayas de su escote y las ratas de su casa. Corre la cortina y encuentra a la virgen de la amargura, besando las palmas de san rafael taboado. Lo agarra del brazo y le da un puñetazo en la cara. Ella grita y llora. Jódete, jódete, jódete cabrón de mierda, pero el príncipe de los gatos la ignora, por primera vez en su vida. Toma a este paje de deahogos por el cuello y lo muele a golpes. Y este testaferro tranquilo, sereno, santo, antes de salir de casa había besado a su madre, había escupido en la cara de alguien que vendía helados, y hoy, como siempre, le tomó el pulso a los abrazos de la virgen de la amargura. Dos balas de vino en esa falda que lo traía loco desde siempre. Pero, aparte de tener tan drámatica falta, debía saber que las faldas son una lotería. La miserable faena del príncipe de los gatos había terminado. No quiere culpar a nadie, ni siquiera a la virgen de la amargura, pero sólo quiere rendir cuentas consigo mismo.

Para los lectores que recuerdan al príncipe de los gatos, los acontecimientos posteriores son de sobra conocidos. El príncipe de los gatos mira a su cuerno de oro por última vez en su vida, cuando escucha pasos corriendo detrás de él. Hace una media verónica al tipo de la navaja y le dobla el brazo sudoroso, tan fuerte que el hierro de calores toca el suelo con un click característico. Pero ese mismo instante dos balas de superchería le perforan la panza. Los amigos de san rafael taboado llegaron de repente y le dispararon a este príncipe de nada ni de nadie. La virgen de la amargura lo ve, y toda su santidad brilla iluminando a las camas de mal morir y a los hormonales hombres que ahora no saben qué mierdas hacer; ahora será, para siempre, la virgen de medianoche. El príncipe de los gatos no lo piensa cuando escucha las sirenas: si llegan y los ven, su novia irá a la carcel, preguntas, mentiras y billetes que salvan a todos darán por terminada la vida de esa fianza a la que le había jurado quererla hasta morirse. Pero prefiere la guerra con ella a vivir así. Agarra la navaja ensangrentada, se cierra el saco viejo, y corre lejos, apretandose las heridas, a morirse en el único lugar digno donde uno puede morirse: el parqueo de los camiones.

Afuera, se encuentra con un idiota agarrado de un ramo de flores. "¡Hijo de puta!" Falta poco para llegar al parqueo, pero sabe que no va a lograrlo. Su panza revienta de sangre. Levanta la navaja, pero no reconoce las palabras que grita. Idioteces más, idioteces menos, el mundo no extrañará al chico que se quedaba hasta el amanecer en una casa ajena en una ciudada ajena, que se prestaba para volver y que devolvía prestándose, que le hizo el amor a una virgen y que se murió por un santo, que era el príncipe de los gatos. Y al final, no pudo saldar cuentas con la virgen de la amargura, ni con san rafael taboado, ni consigo mismo. Todos los que salen de la discoteca lo ven muerto en los brazos de un adicto de buen vivir, y saben que podrían ser como el príncpe de los gatos, pero que les faltan los huevos.

Ahora llueve. Dos prostitutas se miran a los ojos cuando dos capangas de la empresa privada, gordos y sucios, les ofrecen su vida en bandeja, un niño carga frutas y veduras para el supermercado, los camioneros se miran y sonríen, los policias están emputados. La virgen de medianoche siente que se le escapa una lágrima, pero cuando se limpia la mejilla no hay nada. "Hago la lucha...". Un poco de lluvia nunca mató a nadie.