_

_

2011/10/01

PAZ Y RUIDO/VOCÊ E EU

April, how could
I not have seen
April, you coming
April how could I've
Worn inappropriate clothing?
April, all that careful stepping,
Rounding of my soul
And now your rain
April, I feel you leaving



Telco conoció a Angelene en la oscura autoflagelación ritual de la búsqueda creativa. Dos alfiles, blancos y negros por contraste, no podían ni querían romper la íntima barrera de creación que era el otro. Y terminaron por definirse extremos, opuestos, divididos, redondos, táctiles y fértiles de lluvia, en esta tarde honda de silencio y servil anhelo de contacto. Haré de todo para mandarte mi amor. Angelene despertaba cada tarde a las 17:48, en medio de la noche de luces ardiendo como el huracán que era su vida cuando era joven, y con sus brazos dibujaba la ciudad, la plaza, la esquina, la ducha, y la silueta de colibrí hiperactivo era un borrón de color rojo bajo el gas luminoso de cobalto.

Secaban el cigarro mojado y colgaban el pasquín indie en el muro que era de ambos. En la tierra, para las historias más reales que tenían que vivir juntos, se unían en una amalgama racional que hacía afrenta al destino: dentista, alquiler, jabón, electricidad... para todo se hacía un apthapi de dinero y de entereza. Era una sensación hermosa. Telco no conoció nunca nada así, que lo aferrar tanto a su cuerpo y lo sacara tanto de sí mismo. Angelen esperando afuera del edificio, jodida y radiante contra los ladrillos escritos. Ella es una estrella de mar en el cielo empalagado de sirenas. Su religión era la hoja en blanco y su dios un silabario gitano de origen desconocido. Telco presumió que era robado y con una historia inventada.

Como en las peores tragedias ella lo llenaba sin saberlo. Ella alimentaba la parte ausente de presencia de Telco. Con los resabios de su sincera somnolencia, ella armaba canastas, anillos, truenos y sillas. El cuarto nunca era un lugar vacío si Angele encontraba a Telco, y siempre lo llevaba consigo com algo sagrado. Telco, que no conocía de límites ajenos, descubrió que solo podía moverse en la playa de su cintura, y solo podía componer en la patria de su cabeza.

Un día algo se rompió para los dos. Con morbo sensual de ser espía de un beso ajeno, ella lo dejó de escribir. Como la dulce agonía que es el coito, él la dejó de componer. Eran los días más oscuros de ella y de mi, y ambos eramos un huella en el cuerpo del otro, el último recuerdo de una guerra lenta entre dos personas que nunca tuvieron hijos.

No hay comentarios: